martes, 19 de enero de 2010

La campanita

Cada objeto ocupaba su lugar dentro del orden cósmico del hogar. Los objetos saben amoldarse a su rutina ornamental y cumplen fielmente su función sin quejarse jamás. Es difícil enterarse si son víctimas del agobio, aunque observándolos bien se puede ver al cansancio que padecen reflejado en el desgaste de su materia, esa alma que los fríos hombres describimos con sistemas de medidas y adjetivaciones siempre insuficientes.
La campanita de cerámica había pendido estoica por años, debajo de sus dos hermanas, y las tres, flotando bajo las nubes, velaban sueños entre ángeles y llamadores vítreos. La brisa solía colarse entre ellos provocando un melodioso tintineo. Cruel realidad de algunos objetos que necesitan de una fuerza extraña y externa, para expresar su existencia. Cruel realidad también para algunos hombres.
Pero la brisa puede tornarse en fuerte viento, y sus consecuencias pueden devenir en crueldad. Los hombres duermen cuando están cansados, y sueñan. Y a veces cuando sueñan no escuchan al viento. Los objetos reposan porque es su inherente función, y cuando se cansan de ser objetos, sucumben.
La involuntaria complicidad con el viento - casi una instigación- del soñador que olvida una ventana abierta, puede arrebatar a la estática campanita de cerámica la inocente ilusión de flotar, porque ella no sabe que la sostiene un hilo viejo y raído, porque ella es ajena a crueldades y desidias. Aunque a veces las padezca no sabe nombrarlas, medirlas, ni adjetivarlas. Ni vislumbra su eminente tragedia.
Desconoce también el cosmos instaurado, y aunque ella misma sea parte de la historia del hogar que habita, no sabe del paso del tiempo e ignora el desgaste de su cuerpo. Ese cuerpo hecho con la misma materia con que está hecha su alma, porque alma y cuerpo son una sola cosa en ella.
Cada objeto ocupaba su lugar dentro del orden cósmico del hogar. Ahora la campanita (sus fragmentos y sus trizas) yace sobre la mesa del comedor y un nuevo cosmos hogareño se impone. Hasta que el soñador se digne a arrojarlas a la basura en un vano intento por reinstaurar el orden, porque sin la campanita de cerámica, el orden cósmico del hogar ya no es el mismo: ha nacido un nuevo orden, un orden en el que aunque haya tantos objetos, sobra un espacio y falta una campanita de cerámica. Un orden en el que en las noches de viento, ya no se oye la misma melodía.
Ignacio Martín Pis Diez Pelitti


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martes, 24 de noviembre de 2009

Vademécum


Anacrónicas voces llegan desde el más allá y me aconsejan asincrónicamente, arrogantes y erguidas sobre la borrosa línea que separa el sueño de la vigilia. Mi alma bosteza queriéndose hundir en un sueño perpetuo, ya cansada de ser víctima de la burla que le hacen las verdades tristes que vienen a jugarla de amigas cuando ya todo se perdió. Abro los puños y cierro el corazón para que no se escape de él el amor, pero tras el amor se ha colado el dolor.
Cierro los ojos para buscar en mis retinas gastadas de llanto, una imagen o una palabra tácita o explícita que sean una respuesta total y definitiva, para aferrarme a ella y resurgir de mi pesadilla. Pero sólo llueven palabras confusas. Palabras que también son imágenes y juegan con mi cordura, mezclándose, haciéndose ininteligibles. Agregando confusión a la hoguera donde arden mi coherencia y mi claridad mental que junto a mi Yo se queman y se borran aniquilando el Ser.
Palabras que son voces que llegan tarde. Ecos de verdades que perdieron la oportunidad de llegar a ser comprendidas y llegan a mí a destiempo. Entonces cierro los puños y abro el corazón para ayudar al dolor a escapar. Pero tras él se escapa la esperanza, y siento que me muero asincrónicamente…
Platonismos que no tienen la suficiente entidad como para ser siquiera llamados sueños. Gigantescas colecciones de tomos repletos de teorías, que se mueren en un índice apócrifo y mal escrito en mi imaginación. Bibliotecas de Babel que no son nunca visitadas por pensadores ávidos de sabiduría. Caminos inconclusos, tierras vírgenes jamás transitadas por hombre alguno, y una vida entera a estrenar. Mapa de mi mente.
Anecdotarios repletos de cosas que cuando me hacen bien me llenan de alegría, pero que son las mismas que cuando me hacen mal me perforan el corazón y derraman su veneno de dolor por toda mi alma y mi cuerpo, avasallando a un espíritu por demás debilitado. Recuerdos que invaden y atormentan mi mente, representando a otro lugar común y cursi más, del tipo común y cursi que soy, al que se le acabaron las palabras. Efemérides de mi alma.
Inspiraciones que se esfuman antes de llegar a ser verbo. Palabras que pierden su sentido al pronunciarlas. Reflexiones enredadas usadas para expresar sentimientos que se definen por sí solos, y la duda plantada en el centro de cuestiones que necesitan ser explicadas urgentemente.
Finalmente, el jactancioso predominio de la Razón cede el paso al absurdo, y en los más irrazonados rincones de mi ser, descubro que residen las respuestas que mi mente no supo antes encontrar. El tiempo consumido, mal y sistemáticamente insumido en intentar comprenderlo todo, en rotular cada pequeñez de la existencia hasta la histeria compulsiva, reviste una evidente inutilidad ahora que lo veo todo tan claro.
El corazón es tan sencillo que no necesita gritar sus verdades, pero su sutil voz se pierde en los laberínticos senderos de una mente que me aturde gritando sus mentiras (y que me suenan a verdad). Pero eso es, quizás, sólo otra forma de locura…
Decido regresar a lo simple, porque desde la llanura de lo sencillo se divisa con mayor claridad el panorama de lo complejo. Desde el llano es desde donde se contempla mejor la fisonomía de la altura. Desde el fondo del abismo es que nos damos cuenta que hemos caído en él, y de que es necesario escalar para salvarnos. Paisaje de mi Ser.



Ignacio Martín Pis Diez Pelitti





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viernes, 13 de noviembre de 2009

Soñé



Soñé que te encontraba vivo

y me explicabas que habías huido

para salvarte de un peligro,

o de supuestos enemigos.

Te pregunté cómo habías hecho

para abandonar así a tus hijos.

Me dijiste: “los preferí lejos

pero sabiéndolos protegidos.”

Nos abrazamos llorando, satisfechos,

y en el abrazo el tiempo perdido

se esfumó entre nuestros pechos,

como si nunca te hubieras ido.

Te soñé vivo, y al despertarme,

supe que algo había entendido:

que tus latidos los llevo en la sangre

y que en tus tres hijos aun estás vivo.

Van dieciocho años de este sueño

que sueño siempre, desde que era un niño.

Dieciocho años van, y este texto

es el primer poema que te escribo.

Pero aunque hayan pasado los años,

quise contar mi sueño por escrito

para decir que todavía te extraño,

mi añorado y gigante, viejo querido.

Ignacio Martín Pis Diez Pelitti





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jueves, 12 de noviembre de 2009

He descubierto



He descubierto que a veces las buenas ideas se asemejan a las moscas: cuando las tenés a punto se te escapan, y cuando lográs retenerlas es porque ya están muertas.

Esta hoja seguiría en blanco si no fuera porque el irrefrenable impulso de necesitar escribir algo, no sé qué cosa, pero algo para intentar aquietar esta intensa sensación de vacío que me desborda, me ha puesto ahora frente a la computadora con el fin de matar el tiempo por un rato (aunque si al tiempo no empleado útilmente se lo llama tiempo muerto, la expresión matar el tiempo debiera ser suplida por una expresión más lógica, algo así como darle vida o revivir al tiempo).

Un incesante tictac -anacrónico para la actual Era de lo digital- marca el ritmo de mi escritura, y aunque si bien no hay relojes cerca, el tiempo corre igualmente y lo que escucho es su transcurso marcado por mi pulso. El tiempo es la ficción más aberrante creada por el Hombre, y a su vez su más real conciencia de comprender que todo muere algún día.

Inevitablemente no logro escribir nada que me agrade. Evidentemente no estoy inspirado y hoy no soy una buena versión de mí mismo. A menudo me descubro lejos de mi propia versión ideal y me consumo, como esta hoja, en un mero ensayo.

Como la mosca que no llega a escaparse, estas palabras que aquí escribí no levantarán vuelo jamás y no son más que letra muerta, aplastadas por la mano gigantesca de la desinspiración. Pero tal vez, con suerte, logren llegar a ser, al menos, inspiradoras para alguien.





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jueves, 5 de noviembre de 2009

Otras vidas

Crear ficciones es la más habitual de mis realidades. Vías de escape, dirían algunos. Huir de las fastidiosas realidades propias llevando la mente hacia ilusiones absurdas de hipotéticas vidas alternativas repletas de emociones, para escaparme de mis emociones reales, por más inútil o absurdo que pueda parecer. Metafísico. Tonto.
Como quien acomoda la mercadería de un comercio por rubros, ir creando paradigmas y categorías ideales en la mente para subsumir mis emociones en ellas, para definirme y ubicarme en alguna de ellas, y llegar a la conclusión de que a quien hace eso no le cabe más categoría que la de soñador.
Mi género: hombre; mi especie: tonto; mi subespecie: soñador. Hombre tonto y soñador. Procedimiento absurdo e inútil. Una pérdida de tiempo. Toda categoría posee esencialmente los caracteres de provisoria e incompleta: siempre queda al menos una excepción por fuera de ella, y con el tiempo se vuelve indefectiblemente obsoleta y arcaica. Irrefutable paradigma. Fugaz hermenéutica. Exégesis de un objeto en que el sujeto se halla comprendido. Ciencia blanda. Hombre tonto, soñador y blando: proyecta, sueña, nombra y califica, pero no actúa. Fugaz existencia.
Crear ficciones es la más habitual de mis realidades. Ficciones categorizadas de lo categóricamente ficto. Vías de escape, les dicen muchos. Un hombre tonto, soñador y blando perdiendo su tiempo, digo yo. Tenaz insistencia. Y tonta sinceridad.
Ignacio Martín Pis Diez Pelitti




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viernes, 30 de octubre de 2009

Algunas líneas


Decirse a uno mismo “debo seguir adelante”, y continuar avanzando…girar en círculos, o simplemente estancarse en un punto sin tener jamás la certeza de si nos pasamos de largo o si dejamos atrás lo que de veras importaba. Con la moral de doble mano, el espejo retrovisor del corazón empañado y toneladas de futuro encandilándonos de frente.
Lo que nos toca en suerte son este triste paisaje y este camino recto de líneas sin dimensiones que caen cerca nuestro sin tocarnos jamás, sin afectarnos, sin percatarnos de que ellas existen, o sin que ello llegara a importarnos en algún modo.
Nos toca en suerte pero no nos toca. Viajamos en contradicción porque es su falta de puntería certera lo que nos afecta. Nos afecta que no nos afecte, nos importa que no nos importe, y estamos ahí expectantes, anhelando un resultado que rompa el espacio que nos envuelve. Que caiga sobre nuestro camino algo que sacuda su monotonía y la propague en millones de policrómaticos trazos que dibujen para nosotros otra realidad, quizás más bella.
Y en cada descanso del viaje nos toca esperar. Esperar que nos toque la suerte algún día de encontrar la línea contundente que trace el camino hacia un nuevo despertar que logre descartar nuestros sueños obsoletos. Pero las líneas que caen no suelen tocarnos ni nos afectan, y nos afecta saber que nada importa...Y seguimos esperando.

Ignacio Martín Pis Diez Pelitti



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lunes, 26 de octubre de 2009

Refranero II


No logramos encontrarnos ni siquiera buscándonos. Soñar nos costó caro, y los sueños terminaron siendo pesadillas. Fuimos ricos pero pocos, y nuestra billetera se suicidó ante el más feo el día que la nieta se quedó estéril. El oro se oxidó junto al plomo reluciente. Dejamos correr el agua que no bebimos, y bebimos del agua que juramos no beber. Escupimos al piso y nos manchamos los zapatos. Fuimos huérfanos y nos mordió un perro sin cuerdas vocales. Le disparamos a un pájaro con ametralladora pero le atinamos al nido. Cerramos la boca después de tragarnos las moscas. No hicimos nada pero pagamos por ello. En la inmensa ciudad vivimos nuestro pequeño infierno y el corazón se nos hizo diminuto en un tres ambientes. El capitán consiguió mujer en un puerto, y abandonó la nave, delegándole su mando a un inepto marinero. Nadamos a favor de la corriente y morimos con anzuelos clavados en la aleta. Medimos cada cosa con varas diferentes y fuimos profetas en nuestra propia tierra, justo cuando la nobleza incumplió el contrato y se las tomó con la plata. Compramos leche fortificada sin derramar ni una sola lágrima y fuimos giles afanosamente. Nos fuimos por la tangente y nos perdimos en la bisectriz. Nos quedamos con la música en casa y bailé con la más hermosa, pero la fiera aturdida se exaltó y nos quitó lo bailado. Fuimos despacio y llegamos hasta ahí nomás. Fuimos súbditos ciegos en el país de los linces. Un chancho chiflaba Vivaldi ante el asombro de un sapo del mismo pozo que, absorto, pestañeaba el mismo día que la araña sufrió trastorno de múltiples personalidades y se puso a perseguir mariposas que no pensaban en otra cosa. Con la dentadura intacta y la panza contenta, Dios nos dio pan de ayer y nos vació el corazón. Estuvimos mal estando solos, pero peor acompañados. No logramos ni con maña lo que fuerzas requería. Nos reímos primeros y desafinados ante el degollado, y morimos atragantados por la risa. Dejamos para nunca lo que no pudimos hacer jamás… ¿quién nos ha visto, si ya nadie nos ve?
Nos sentimos como Pedro en casa ajena, y nos ahogamos en una taza vacía. Taza, taza: cada cual para su casa.




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jueves, 15 de octubre de 2009

Podría



Podría decirte que vivir sin ti no puedo,
que si aquí no estás no es nada mi vida.
Pero ambos sabemos que eso es mentira,
que sigo adelante y que aun no me muero.
Podría prometerte un pedazo de cielo,
o jurar que por ti bajaría la luna.
Pero sabes que me aterran las alturas
y que a volar le tengo miedo.
Podría escribirte, buscarte, llamarte algún día.
Intentar convencerte que intentemos de nuevo.
Llorar locamente, suplicar de rodillas,
besarte en los labios y arrepentirme luego.
Podría jurar que te amaré por mil años,
que si hiciera falta te daría mi vida,
porque amores así jamás se olvidan,
o que no volvería a hacerte daño.
Pero no haré nada, porque sólo quería
que sepas, hermosa, que a veces te extraño…


Ignacio Martín Pis Diez Pelitti



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sábado, 10 de octubre de 2009

Refranero (sujeto a correcciones y ampliaciones)


Me diste un buen puerto lleno de leña, y yo en esa época usaba estufa a gas y no tenía parrilla. Fuiste mil veces a la fuente con un cántaro de Tupper, mientras que yo lloraba ante la leche aun no derramada. Me dijiste que andabas conmigo, pero yo mismo no sabía ni quién era. Dijiste pocas palabras pero siempre fui mal entendedor. Cambiamos ojo por pierna, y dos cuerpos enteros por un corazón destrozado. Nos vencimos en la segunda sin llegar a la tercera, y tuvimos dos sin tres, pero casi dos y media. Escuché con oídos necios tus mudos silencios, pero no tuve la sabiduría de ser a veces sordo. Nos levantábamos tarde cuando amanecía muy temprano, y Dios nos madrugó cuando intentamos ayudarnos. Vimos con el corazón y no sentimos con los ojos. Un pájaro se fue volando solo cuando se nos murieron los cien que quisimos retener en nuestras manos. Quisimos celeste y nos costó un presente negro y la carencia de miles de noches blancas. Fuimos pingos en la cancha enceguecidos por las anteojeras. Nos dormimos como niños y amanecimos empapados. Fuimos bueyes solitarios con ampollas en la lengua, y el día en que más pensamos el mono se vistió de seda, se convirtió gratuitamente en bailarín y se puso a hacer bonsáis con su navaja. El tigre se acomplejó porque la vejez le impuso una mancha más. Apretamos poco y abarcamos mucho, fajados sobre las costillas. Llenamos el camino al Cielo de malas intenciones y supimos más por diablos que por viejos. Pusimos mala cara al buen tiempo, pero nos llovió siempre que paró. Hicimos el mal sin mirar a quién. Hiciste siempre lo que yo hacía pero no lo que te decía. Y aunque bajo el sol todo era nuevo, reímos últimos y peor que nadie, y eso que alguna vez habíamos sido los primeros. El tiempo no pudo decirnos nada y confundimos la enfermedad con la cura. Colocamos diéresis en cada consonante y le amputamos las piernas a la verdad. No le miramos los dientes al caballo que pagamos caro, y Dios le dio migajas al pingo desdentado. Averiguamos mucho más que Dios y no nos perdonamos… Sólo los males nos vinieron bien.
Después de todo (o antes que nada), si dicen que peor es nada, es porque mejor es todo, y todo es mejor ahora. Aunque mi casa sea de palo y mi cuchillo de herrero y me sienta como un zapatero con los guantes rotos.

Ignacio Martín Pis Diez Pelitti










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domingo, 4 de octubre de 2009

Si algún día puedo

Volá otro poco más que yo más adelante si puedo te alcanzo y bajamos juntos a la tierra. Pero a la tierra y no al infierno que hemos habitado. No seas como el Ícaro que se muera con el sol radiante de mi rabia. No derritas tus alas de amor y cera en la hoguera de mis iras. No intentes comprenderme aunque yo te lo exija, si yo sólo entendí siempre que te amo cuando sos lo que espero, pero me odio cuando no sos lo que quiero. Y si te extraño cuando siento que me muero, alejate más todavía, porque permanecer a mi lado sólo te corta las alas, la respiración, y te deja sin vida. Si te opaco, pero no por mi brillo, sino porque mi mente oscura calcina con su llama autoritaria, entonce volá, volá bien lejos de mí, que si algún día puedo te alcanzo y bajamos juntos a la tierra de nuevo. Lejos de todo infierno.


Ignacio Martín Pis Diez Pelitti







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